La clase presenta el diagnóstico transgeneracional como una lectura de los desórdenes amorosos que comienza en la historia afectiva de la primera infancia y avanza hacia el árbol familiar, los vínculos y el acompañamiento terapéutico. Su hilo conductor es hacer consciente aquello que puede repetirse sin que la persona lo advierta.
La clase parte de una premisa: de adultos podemos querer reencontrarnos inconscientemente con una parte del ambiente familiar, afectivo y emocional en el que estuvimos inmersos durante la primera infancia. Ese entorno —descrito como amable, idílico o problemático— participa en la construcción de la personalidad. Cuando quedan dificultades emocionales activas, pueden empujarnos a resolverlas a través de situaciones reales o simbólicamente parecidas.
La pregunta central busca saber qué personas desea reencontrar el niño o la niña interior a través de sus representantes actuales: la pareja presente o las parejas anteriores. Así, la psicología transgeneracional se presenta como una vía para investigar el desorden amoroso sin quedarse únicamente en la superficie del vínculo.
El primer paso consiste en analizar la situación actual. La docente lo resume con dos herramientas sencillas: una oreja y un bolígrafo. Primero hay que escuchar de la manera más neutral posible y registrar los datos de registro civil del consultante. También se invita al terapeuta a observar la cotransferencia: si el cliente está representando a alguien de su propio entorno, esa resonancia forma parte del material que conviene mirar.
El motivo de consulta se sitúa en torno a los desórdenes amorosos. Después de escuchar ampliamente, el interrogatorio busca ir al núcleo del caso y localizar un eventual incesto simbólico, tanto afectivo como geográfico. La clase incluye preguntas sobre la frecuencia de las relaciones sexuales y sobre si resultan satisfactorias para sus protagonistas; esa diferencia entre satisfacción e insatisfacción se propone como una pista para continuar la exploración.
El diagnóstico psicológico transgeneracional reúne varias pistas: nombres, apellidos, fechas de nacimiento, fechas de concepción y santos del calendario. El árbol genealógico ocupa un lugar especialmente importante. Hay que ubicar a cada hermano y registrar las coordenadas de hermanos, hijos, padres y, cuando corresponda, abuelos. El interrogatorio clínico completa esa imagen al explorar identificaciones, atracciones y repulsiones.
Con el árbol dibujado, el tercer paso localiza los vínculos transgeneracionales mediante rotuladores de color. La docente describe esta operación como una manera de ver cómo se transfieren memorias de un miembro de la familia a otro. Una vez señalado el caso concreto dentro de las posibilidades teóricas, se prepara la interpretación.
El cuarto paso ofrece un curso acelerado sobre el inconsciente, el desarrollo psicoafectivo del niño y las marcas del árbol. El hilo de la explicación es que el niño interior puede seguir buscando a sus padres a través de la pareja, como si el sistema operativo de la infancia continuara activo. Después se revisan las deducciones resultantes y las asociaciones con complejos de Electra o Edipo tal como las presenta la clase.
La interpretación no se cierra sin pedir la opinión y los sentimientos de la persona. La docente contempla reajustar las primeras deducciones para que encajen mejor en su historia. El final resume la sesión en pocas frases, propone anotar una frase clave y deja abierta la posibilidad de seguimiento. El asesoramiento terapéutico y la prevención se orientan a que el cliente comprenda el incesto simbólico y pueda volver consciente la situación.