El sexo puede abrir un espacio de ternura e intimidad, pero pierde su sentido cuando se utiliza para obtener seguridad, amor o reparación emocional. La clase propone madurar la sexualidad: elegirla desde una vida interior más plena, cuidar el contacto antes y después y asumir que cada encuentro crea vínculo.
La clase comienza relacionando la atención y el cuidado con la gratificación sexual. Se menciona la oxitocina, liberada en momentos cariñosos posteriores al sexo, y su relación con la alimentación y la ternura. La imagen que propone la exposición es la de dos personas que, en el amor, se nutren mutuamente: el encuentro sexual puede crear un espacio de intimidad especialmente gratificante.
No siempre se busca una relación sexual para compartir una pasión adulta. En ocasiones se espera que la respuesta sexual de la otra persona calme necesidades emocionales insatisfechas o proporcione seguridad. Entonces parece que se busca sexo, aunque en el fondo se está pidiendo ser recibido, confirmado, aceptado y amado. La dificultad aparece cuando se le asigna al cuerpo una tarea que corresponde al cuidado emocional y al vínculo.
El sexo puede parecer satisfactorio incluso cuando la relación resulta poco gratificante o es muy problemática; también puede continuar en medio de la ira y los malos tratos. Esa capacidad de mantenerse no es necesariamente una fortaleza. Puede señalar confusión y una dificultad profunda para cuidarse, sobre todo porque la sexualidad conduce a la vinculación.
Cuando el sexo favorece que dos personas queden vinculadas, los problemas de la relación pueden crecer junto con el miedo a la intimidad. Quien teme el compromiso puede salir corriendo cuando nota que el vínculo se consolida. En una relación que se apoya únicamente en el sexo, en lugar de sostenerse también en una amistad satisfactoria, pueden permanecer juntos durante años sin avanzar hacia una intimidad real; el sexo acaba funcionando como la única forma de estar juntos.
La madurez permite pasar de sentir la atracción como una obligación a vivirla como una elección. No se trata de reprimir el deseo, sino de disfrutarlo sin quedar atrapado en él. La búsqueda incesante de sensaciones puede estar compensando una vida interior aburrida; cuando la vida tiene pasión y sentido, deja de ser necesario perseguir en el sexo una excitación que falta en otros lugares.
La exposición diferencia el sexo entendido como sensación del sexo compartido desde la alegría y la intimidad. A medida que una persona se vuelve más sana y adulta, la felicidad interior reduce la búsqueda frenética de algo externo que la complete. El sexo puede recuperar así una presencia sencilla, sin ocupar en la vida más espacio del que ocupan los propios genitales en el cuerpo.
Los impulsos sexuales son naturales y pueden compartirse con otra persona. La dificultad aparece cuando se va directamente al estímulo y no queda lugar para la intimidad. Además de la procreación, el encuentro necesita contacto: estar cerca antes y después del sexo, atender ese pequeño espacio que permite que la experiencia no quede reducida a la emoción del momento.
La clase invita a no subordinar la vida a una atracción momentánea. Lo verdaderamente importante es la vinculación: al compartir la sexualidad se transmite algo del propio ser, del cuerpo y del alma, no solamente fluidos o excitación. Por eso el sexo puede hacer más llevadera una etapa de conflicto, pero no debe usarse como moneda de cambio ni para reparar una relación tóxica. El cierre propone tomar conciencia de la propia sexualidad y volver al contacto con uno mismo.